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Perfil Klasika: una tierra que sonríe entre colinas y ríos
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En la geografía real y mística de Kalimantan, Sintang no es solo un nombre. Es el punto medio de la arteria más larga del archipiélago: el río Kapuas. Con sus colinas, sus bosques espesos y la bruma matinal que envuelve fielmente los valles, Sintang conserva el rostro antiguo de Borneo, todavía no del todo alterado. Al pie de Bukit Kelam, un monolito de granito que se eleva 900 metros sobre el nivel del mar, perviven historias ancestrales sobre el origen de la tierra y de la humanidad.
Aquí la vida no grita: fluye. Las comunidades dayak, malayas, javanesas y chinas llevan mucho tiempo aprendiendo juntas que la armonía no es un concepto, sino una práctica cotidiana. Se saludan en el mercado, comparten agua en la estación seca y se reúnen en el bamagang, la deliberación tradicional. Sin embargo, la armonía más profunda es la que se teje con la naturaleza. La tierra no se explota: se cuida. El bosque no se saquea: se conversa con él.
Economía, política alimentaria, tierra y cultura
- Economía política de los alimentos: el arroz indígena frente al arroz capitalista
Desde la economía política, los alimentos son poder. Sintang tiene un extraordinario potencial agrario, pero, paradójicamente, el arroz importado y el arroz «prémium» de empresas capitalistas inundan las tiendas rurales. Es una dependencia alimentaria estructural: la lógica del mercado destruye la lógica local.
Comunidades indígenas como los Lebang Nado, del grupo Ot Danum, practican un sistema alimentario sin mercantilización. El arroz no se vende: se ofrece a quienes lo necesitan. Así nace una economía solidaria basada en la cultura, lo que Karl Polanyi llamó embedded economy: una economía arraigada en las relaciones sociales y espirituales, no en los precios del mercado. Cuando Santo Serilius y su comunidad cultivan arroz local de forma orgánica, están resistiendo al régimen alimentario de las corporaciones globales que separa a las personas de sus fuentes de alimento.
- Tierra y ecología: la agricultura tradicional como defensa de la soberanía
Desde una perspectiva agraria crítica, la agricultura tradicional de los dayak Lebang Nado no es simplemente «tala y quema», sino un sofisticado sistema agroecológico. La hectárea que cultiva Santo produce entre 1,5 y 3 toneladas de arroz seco sin descascarillar. Su productividad es comparable a la media de los arrozales de secano de Indonesia, pero sin fertilizantes químicos, sin plaguicidas y sin deudas con las empresas de insumos agrícolas.
Más importante aún es el abono natural que proporciona el bosque circundante. El bosque no es un obstáculo, sino un aliado. Hojas caídas, restos de madera y excrementos de fauna silvestre se transforman en fertilizante de gran calidad. Es una permacultura propia del archipiélago que, lamentablemente, no figura en los planes de estudio de la agronomía moderna.
La amenaza real procede de los permisos para grandes plantaciones de palma, plantaciones forestales industriales (HTI) y explotaciones mineras que el Gobierno concede sobre territorios indígenas. En la política agraria, esto constituye una «acumulación por desposesión», concepto desarrollado por David Harvey. El Estado facilita el acceso de las empresas en nombre del desarrollo, mientras margina a comunidades que han demostrado su capacidad de garantizar la seguridad alimentaria.
- La cultura como infraestructura de resistencia
En Sintang la cultura no es un adorno: es un sistema de resiliencia. Las oraciones antes de sembrar con palo plantador, las prohibiciones que protegen determinados árboles —kayu larangan— y el respeto a Jubata son mecanismos de regulación socioecológica que han demostrado su continuidad durante siglos.
Cuando, de niño, sus padres enseñaban a Santo que «nunca dejes de plantar arroz, porque sostendrá tu vida», no le daban solo un consejo agrícola: le transmitían una filosofía de la existencia. El ser humano es cultivador, no mero comprador. La norma tradicional prohíbe vender arroz, pero prescribe compartirlo. Es la construcción de una seguridad alimentaria basada en la comunidad y no en el mercado.
En el contexto moderno, esos valores chocan con la lógica del monocultivo capitalista, centrada exclusivamente en productos prioritarios: palma, caucho o una única variedad de arroz híbrido. Las comunidades indígenas, en cambio, preservan la diversidad del arroz blanco, el arroz negro, el arroz glutinoso blanco y el glutinoso negro. Es un sistema alimentario basado en la biodiversidad, más resistente a las plagas y al cambio climático.
- Amenazas estructurales y fracaso de las políticas
Santo y su comunidad afrontan la conversión de sus tierras tradicionales en plantaciones de palma, acacia y eucalipto, y en minas que no producen alimentos: solo aceite de palma crudo, pasta de papel y minerales para el mercado global.
La crisis del precio del caucho lleva a otras comunidades, desesperadas, a vender o ceder sus tierras a las empresas con la esperanza de recibir una parte de los beneficios mediante programas de pequeños productores asociados —plasma—.
Se propone crear grandes complejos alimentarios nacionales, los food estates, abriendo millones de hectáreas de bosque sin aprender del éxito de agricultores indígenas como Santo. Desde el análisis de políticas públicas, es una tragedia alimentaria: el Gobierno deja que el arroz importado destruya el mercado local y luego anuncia con orgullo nuevas aperturas de terreno para esos complejos, mientras despoja de sus derechos colectivos sobre la tierra a comunidades que ya han demostrado que pueden producir alimentos de manera sostenible.
Reflexión final: Santo Serilius, un oasis en el desierto industrial
Santo Serilius, nacido hace 38 años en Kampung Mendang, aldea de Bukit Sebalo, subdistrito de Kayan Hilir, distrito de Sintang, no es solo un agricultor: custodia la memoria de una civilización. Frente a la avalancha del arroz empresarial —Wilmar, Sinar Mas y otras—, las promesas de las plantaciones de palma y acacia, la minería y las políticas ciegas a los saberes locales, sigue sembrando arroz.
Junto con su familia y su comunidad indígena demuestra que la soberanía alimentaria no necesita gigantescos food estates, sino devolver la tierra a los pueblos indígenas y campesinos que la trabajan con cariño. El mensaje de sus antepasados sigue resonando: la tierra no es una herencia de nuestros mayores, sino un préstamo de nuestros descendientes. Y el arroz es una deuda de gratitud que se salda volviendo a sembrarlo.
Mientras el Gobierno y las empresas se afanan en calcular toneladas y beneficios, Santo abre surcos con su palo plantador en una hermosa aldea. Sus pies pisan con firmeza, sus manos trabajan con destreza y sus labios pronuncian una oración a Jubata. Sabe que las amenazas lo rodean, pero también que, mientras alguien siga sembrando arroz local sin químicos y respetando y amando el bosque, la civilización no habrá desaparecido del todo.
Autor: Agus Sutomo

